Ausgezählt
(La sexta novela en el ámbito de la Jefatura Superior de Policía de Düsseldorf)
Extracto de texto:
El compañero de Bruno quería volver a salir a la calle. Mencionaba la estación de ferrocarril de Bilk como su próximo destino. Hace una semana algunos vándalos habían pintado allí los cristales de un restaurante italiano y después lanzaron piedras. Cuando anteayer el Lancia del dueño se incendió, la jefatura de policía del centro de Düsseldorf decidió tomar cartas en el asunto.
“Extorsión a cambio de protección?” –preguntó Bruno.
“Posible.” Ebi miró el reloj. “En todo caso el café de los “espaguetis” sabe mejor que el agua sucia procedente del molinillo calcificado de Marietta.”
Bruno dejó rodar el Opel Omega en la calle Elisabeth y giró en dirección a la plaza frente a la estación de ferrocarril. Los limpiaparabrisas hacían ruido. Los copos de nieve revoloteaban densamente por el aire.
Sondear el terreno: Naves comerciales por todas partes. Un supermercado de bebidas que aún estaba abierto. El restaurante. Anuncios luminosos y farolas se reflejaban en el pavimento mojado. Bruno paró el coche oficial.
Al final de la plaza estaba un BMW oscuro de la serie 3, aparcado oblicuamente delante de una entrada de coches. No se podía reconocer la matrícula desde lejos. A pesar de la oscuridad el conductor llevaba gafas de sol y oteaba hacia el otro lado de la calle. Una camioneta apareció detrás de la valla y tocó el claxon. El BMW avanzó, lo justo para que pudiera pasar el camión.
“Voy a mirar al tío” – dijo Ebi.
Bruno abrió la puerta del conductor. Su compañero le puso la mano sobre el brazo.
“Déjalo. Yo puedo solo con ese tío. Ve al restaurante y pide el café.”
Bruno vaciló. Se quedó sentado y miró cómo Ebi se acercaba al BMW. El tío de las gafas negras estaba sin moverse delante del volante.
El conductor del BMW bajó el cristal. Ebi le dirigió la palabra.
Bruno sintió cómo el frío se deslizaba dentro del coche. Era hora de tomar café – Bruno bajó del Opel Omega bajó a la ventisca y cerró el coche.
Ebi todavía estaba al lado del conductor del BMW apoyándose con las manos en la ventanilla.
Un estampido rompió el aire de noviembre.
Subieron revoloteando unas palomas. Un cliente del supermercado de bebidas volvió corriendo a la nave. Alboroto y un grito agudo desde el restaurante. Luego un silencio total.
Ebi cayó de rodillas al lado del BMW.
Bruno buscó refugio detrás del coche. Su pulso se puso a cien. Abrió el cierre adhesivo de su pistolera.
El tío de las gafas de sol apuntó otra vez.
Un segundo disparo – el compañero de Bruno tembló y cayó de al lado.
El motor del coche oscuro fue puesto en marcha. Se encendieron las luces. Bruno apuntó al conductor. El BMW se dirigió velozmente en zig zag hacia él. Bruno disparó pero falló.
El conductor disparó también, dos tiros, uno tras otro, con gran rapidez. Los tiros rebotaron. Bruno se apretó contra el Omega. La pared de la casa reflejaba la luz de los faros. Bruno tenía la cabeza como un bombo por el ruido.
Miedo de morir – un sentimiento que había reprimido. Lo conocía de otro continente. El sonido de los motores del helicóptero por encima de la selva y los campos de arroz. Gritos en un idioma extraño y un Dios de ocho brazos.
Los faros le cegaban. Bruno disparó y se lanzó otra vez a la parte trasera del coche. Aquella vez había salido indemne. La presunta aventura había terminado en un desastre – dos muertos en el tejado de un templo.
El BMW giró con las ruedas rechinando directamente delante del Omega. El conductor disparó otra vez. La bala despedazó la carrocería del coche. Bruno sintió un golpe contra su muslo derecho.
Mi castigo – pensó Bruno –, todo se repite.
El coche oscuro se deslizó en la calle Elisabeth. La ciudad se lo tragó.
La pierna de Bruno ardía, la humedad se filtraba en el pantalón, caliente y pegajoso. El ruido en sus oídos continuaba. Un retumbar que le volvía loco.
Se dio cuenta de que estaba a punto de hiperventilar. Contuvo la respiración para no caerse.
Cojeó a través de la plaza arrastrando tras sí la pierna herida.
Delante de su compañero se dejó caer en el pavimento. Los ojos de Ebi estaban abiertos. Bruno gritó: “¿Por qué tenías que hacerlo solo, idiota?”
Vio el orificio de bala en la frente de su colega. Los copos de nieve que se derretían en su cara. Bruno buscó el pulso.
Recordó a su antiguo entrenador de boxeo: “Con Bruno a su lado puede sentirse Vd. seguro.” Tocó debajo de la nuca de Ebi. Levantó y abrazó al muerto. Bruno le suplicó que volviera a despertarse. Pensó en Lara y en el hijo de los dos – el chiquillo había nacido en abril.
Bruno tenía frío. El dolor golpeaba en su muslo. Bruno se arrastró hacia el Omega. Su propio rastro de sangre relucía en el pavimento. Se tiró al asiento del conductor y apuntó la matrícula del criminal.
El ruido de la sirena se acercaba desde varias direcciones. Bruno cogió el micrófono de la radio. Pulsó la tecla de hablar.
Sintió frío. Se le escurrió el micrófono. Las luces de los faroles y de los anuncios luminosos de neón estaban oscureciéndose. Bruno se sumergió en la oscuridad.
“En cuanto a la técnica narrativa, la novela se mueve en un nivel alto. Los caracteres son convincentes, el ambiente es coherente, las diferentes vías narrativas atan al lector hasta el final. Una novela policíaca realista y dura que le garantiza al autor un papel dominante dentro de la literatura policíaca contemporánea.”
(Deutsche Welle)