"País de púrpura"

Muestra de lectura:

Desde aquel día de octubre del año pasado, la vida le parecía al revés. Una gran mentira que acarrea otras excusas para no irse a pique como nulidad. Felix May estaba colgado, encapuchado y en pleno atuendo de acción con cuerda de alpinismo en una casa antigua del centro de Neuss a la altura del segundo piso. El viento soplaba por la calle. En los guantes los dedos se estaban helando. May intentaba ignorar los papamoscas en las ventanas de alrededor. Por fin un colega descendió en rapel hacia él ocupándose enérgicamente con un chicle como si le pagaran por esto. Escucharon atentamente los mensajes de radio. Las negociaciones habían sido interrumpidas pero no llegó la orden para la detención. May asió el botón de hablar y lo oprimió varias veces. Quería saber qué estaba pasando. "Sin novedad", oyó en los altavoces del casco la ronca voz del tirador de precisión del tejado de enfrente.
May se decidió a arriesgar una mirada. Quitó las gotas de lluvia de su visera, agarró una cabeza de león que decoraba la fachada, se sujetó en él y buscó apoyo a tientas. Su compañero de al lado levantó la mano advirtiéndole.
-¡A la mierda con las instrucciones del comandante -pensó May- y con los reparos del mascachicles que estaba a su lado.
Buscó una posición para pisar en un saliente revestido de hojalata. Poco a poco se puso de rodillas y avanzó lentamente hacia la ventana. Sin producir ruidos, esperó.
-¿Qué estás haciendo? -se oyó al tirador de enfrente, un especialista más de la nueva generación, quien, probablemente, necesitaba una orden para limpiarse los dientes.
Ninguna persiana dificultaba la vista. El consultorio estaba totalmente alumbrado. La enfermera estaba de cuclillas en el suelo de linóleo, la cabeza oculta bajo los brazos. El ginecólogo estaba tendido en la silla de tratamiento con las muñecas atadas detrás del respaldo. Su mirada mostraba que tenía pánico. Los pies del ginecólogo estaban metidos en calcetines blancos y se elevaban al aire - esparadrapo fijaba las pantorrillas en los brazos de la silla. El sospechoso estaba de espaldas a la ventana. Era un hombre flaco y canoso que mirába al vestíbulo sin moverse y apuntaba a la puerta del consultorio como si el peligro sólo pudiera llegar desde allí.
May soltó la palanca de freno del aparato para descender en rapel y se lanzó contra el cristal. Este reventó ante su visera. Pedazos de vidrio crujieron debajo de sus suelas cuando aterrizó. Sintió un repentino dolor en el cuello - una esquirla de vidrio había atravesado el tejido de la máscara. Apuntó al sospechoso con su P226 cogida con ambas manos y gritó: "¡Policía! ¡Suelta el arma!" El canoso se volvió con una sonrisa vaga en su rostro arrugado. Su acento sonaba a Europa del Este o los Balcanes: "Haz tu trabajo, joven".
En la habitación contigua tintinearon cristales; el compañero había saltado obviamente a la sala de espera. Sacudidas en la puerta de comunicación - estaba cerrada y con el cerrojo echado.
El sospechoso levantó el revólver y mostró los dientes como si pidiera perdón.
May miró la boca del corto cañón y esperó que le protegieran el casco y el chaleco antibalas. Agarró su pistola con más fuerza y gritó: "¡Suelta el arma!"
La enfermera se arrastró debajo de la mesa. El ginecólogo atado movía los labios sin decir nada. Un ruido de pisadas en la escalera - sólo una cuestión de segundos hasta que los colegas forzaran la entrada del consultorio con un martinete. May se preguntó con qué buenas posibilidades aún contaba el hombre flaco y canoso. La sonrisa del sospechoso le desconcertó. El tío se volvió y apuntó con su revólver a la silla de tratamiento. El ginecólogo gemía. El canoso amartilló el arma. May apretó el gatillo. La enfermera chilló. En el vestíbulo el martinete retumbaba contra la entrada. Al mismo tiempo la puerta del consultorio saltó de golpe. Al ver al muerto el colega olvidó su chicle.
-El mismo se ha...
May negó con la cabeza y puso la P226 en la mesa. Se quitó el casco y la máscara, buscó a tientas el punto doliente en el cuello y se preguntó qué había perseguido el canoso. El hombre con el acento balcánico no había declarado el motivo del asalto. Pero estaba muy seguro de sí mismo. Como si lo hubiera proyectado así.
La vida al revés.
Y no terminaban las mentiras.

 

“Escribe como James Ellroy.”
(Nordwest-Zeitung) 


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